Ir al contenido principal

Destellos

Una mañana fría compartimos un café. Hacía años que no nos veíamos y el encuentro fue un poco incómodo, pero al toparnos en la cola de devoluciones de un centro comercial, nos sentimos los dos, hasta cierto punto, obligados. 


En otro tiempo, en otra vida, habíamos trabajado en la misma empresa, pero nunca habíamos sido amigos. Él era raro, indiferente, un hombre de pocas pasiones, racional y, sin duda, soso. Yo siempre he sido intempestiva, espontánea, curiosa. A él le gustaba pasear por su ciudad de siempre, quedarse en casa, ver películas, leer. Yo soy inquieta, me he mudado varias veces de casa, de ciudad y hasta de país. No teníamos nada en común.

Sin embargo, aquella mañana, él me preguntó por mi vida sentimental. Nunca lo había hecho. Me sorprendió, y eso fue, hasta cierto punto, agradable e inquietante. 

Bueno, ya sabes, le respondí. Los primeros meses son fuegos de artificio, mucho ruido y mucho brillo, pero después... oscuridad y silencio. ¿Y la tuya? ¿Cómo es tu vida sentimental?, le pregunté, verdaderamente interesada.

Nada espectacular, me reveló. Solo algún destello

Cuando se marchó, me quedé un rato más en aquella cafetería anodina. Sus palabras habían invocado una sucesión de imágenes que pertenecían a otra vida, a otro tiempo. 

Aquella horrible cena de empresa, en la que me invitó a bailar una rumba. Una tarde desapacible y triste, en la que me dejó un par de bombones sobre el teclado de mi ordenador. La visita al Planetario portátil, tendidos en el suelo, junto con todos los compañeros de trabajo, observando la Vía Láctea y, de pronto, su mano buscando la mía, sus dedos trenzados con los míos. Y los dos, asidos de la mano, callados y muy quietos, mientras los destellos de las estrellas de artificio nos iluminaban el rostro. 

 


Comentarios

  1. Lo que podría haber sido y no fue, pero ¿por qué no intentarlo?

    ResponderEliminar
  2. Habría que preguntarle a ella... o a él ¿a quién? ¡Gracias por tu lectura y comentario! :-)

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

¡Gracias por tu comentario! Se publicará en cuanto lo lea :-).

Entradas populares de este blog

Aguanta, corazón

Leyendo la última novela de Susana Fortes recordé el vídeo viral de la niña que se empuja a sí misma en lo alto del tobogán. En Nada que perder , la autora comenta un fragmento de la Odisea. Cito:  “Hay un episodio de la Odisea en el que Ulises regresa a Ítaca exhausto, vencido y cubierto de andrajos y se acuerda de sus amigos muertos. Está a punto de rendirse, sin fuerzas. Entonces, en un impulso de amor propio, aprieta los dientes y se pone en pie. Las palabras que pronuncia son sólo dos. Se las susurra al oído la diosa Atenea: “Aguanta, corazón”. Y esas dos palabras lo salvan. Si los dioses están a tu lado, todo es más fácil. En eso consiste tener suerte”. Es cierto. Si los dioses están a nuestro lado, todo es más fácil. Tal vez eso sea la suerte. La buena suerte. Y no puedo evitar pensar en esa niña que se empuja a sí misma. Ese empujón simbólico son las mismas palabras que la diosa Atenea susurró a Ulises: "Aguanta, corazón". Quizás la diosa se las dijo a la niña.  E...

Lisboa

He estado en Lisboa  en dos o tres ocasiones, y muy pocos días, pero desde el primer momento en el que me asomé a  Terreiro do Paço ,  subí a un tranvía e hice cola para coger el  Elevador de Santa Justa ... quise vivir en ella. No para siempre, solo cinco o seis meses; el tiempo justo de alojarme en una buhardilla de la  Baixa , ir a comprar el pan, hacer fotos, sentarme en una cafetería, intentar hablar portugués aunque los lisboetas se sonrían maliciosamente. Escribir, quizás, una novela.  Ir a trabajar a una librería o a una floristería. Perderme en sus calles, visitar una y otra vez todos sus miradores. Tomarme un vino tinto mientras atardece. Pasear por  Bélem  y contemplar el Tajo que allí se asemeja todo un mar. Escuchar fados y sollozar de la emoción.   Dice Sabina que al lugar al que has sido feliz no debieras tratar de volver , pero ¿qué ocurre si solo has tenido la intuición? Si aún no has sido feliz allí, pero crees que podrías ...

Darse cuenta, hacerse cargo

Creo que siempre es más difícil hacerse cargo que darse cuenta.  Uno cae en la cuenta de que ahí no es, de que no quiere ir, de que no encaja, de que no quiere estar, de que eso (sea lo que sea) le angustia. No, ahí no es. Se da cuenta. Lo sabe. Pero sigue. Va tirando, dejándose llevar por la inercia. Aguantando. Pensando que, a lo mejor, mañana se le habrá pasado y querrá ir. O pasado mañana.  Y es que... si no es allí, ¿dónde es? Si no voy allí, ¿adónde iré? Si no me quedo, ¿dónde estaré? En fin, un cúmulo de inquietudes. Darse cuenta puede ser difícil, pero también liberador. Hacerse cargo es duro. Elegir irte aunque no sepas adónde te llevará tu elección. Siempre habrá reparos, estorbos, cosas que hay que terminar, aspectos de los que ocuparse, flecos que cortar, costuras que rematar. Hacerse cargo, sí, eso es lo complicado. Porque conlleva un desasosiego, una incertidumbre. Porque muchas veces el darse cuenta no viene aparejado con saber dónde has de dirigirte. Sólo sab...

Lucrecia

Escribe Sandro Veronesi en su novela El colibrí : No, no existen miradas más importantes y miradas menos importantes: en el momento en que las lanzamos, todas las miradas son entrometidas y solo la conjunción de los acontecimientos, es decir, el azar, determina las consecuencias que tendrán .  Estoy terminando de leer el último libro de la escritora Isabel Barceló, Lucrecia Borgia (1480-1519). Bajo una nueva luz. En esta obra histórica, documentada hasta la exhaustividad y que se lee con el luminoso encanto de una novela, Isabel nos muestra a una Lucrecia Borgia radicalmente alejada del estereotipo de femme fatale que casi todos habíamos aceptado. Nuestra Lucrecia era una mujer taimada, que utilizaba sus encantos para hechizar y manipular a los hombres, capaz de llegar al asesinato si se estorbaba a sus planes.  Pero entonces, llegó Isabel y la miró. La contempló con precisión bajo la luz de inventarios, correspondencia, documentos, e investigaciones de historiadores riguros...

Valor, amor y cicatriz

La vida, simplemente, ocurre. Luego, nos la contamos cronológicamente, para tratar de encontrarle un sentido. Un significado. Para intentar comprender el cuándo, el cómo y el porqué. Sin embargo, todas las veces, los hechos, las personas, las alegrías y las penas, van y vienen, mientras nosotros, Alicias zarandeadas por las circunstancias, tratamos de no verter el té en la surrealista merienda del Sombrerero Loco .  Ocurre, sí, ocurre. Ocurre que a veces la desdicha nos persigue, adherida a nuestra piel y no podemos desembarazarnos de ella. También pasa, en muchas ocasiones, que una suerte de alegría o de ligereza nos envuelve, como el aroma del azahar o el blanco de los pétalos de unas flores silvestres. El aire parece pesar menos y, al mismo tiempo, llevar cientos de mensajes odoríferos que sólo intuimos, pero que se nos antojan vibrantes, luminosos.  Foto de Jero Sánchez Y, a veces, sin que sepamos muy bien cómo ni por qué, se organiza una jauría. Y nos señala. La jauría ...