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Juan Bravo, el cazador de lobos

En 1909 cinco excursionistas se adentraron en tierras del suroeste salmantino y norte de Cáceres. El viaje, que duró escasamente siete días, fue narrado por el poeta, escritor, traductor y periodista cordobés Marcos Rafael Blanco Belmonte y el testimonio gráfico corrió a cargo del fotógrafo salmantino Venancio Gombau

Cualquiera que mire las fotos se sentirá interpelado por las miradas desconfiadas de los niños, la nula diferencia que parecía existir entre un labriego y un mendigo, o las casas hurdanas, pequeñas, duras y ásperas como las vidas de sus moradores. El blanco y negro de esas emblemáticas fotografías transmiten dureza y climatología extrema, además de dignidad en las gentes que posan  para esos intelectuales de la capital. 


De entre los encuentros, curiosidades, conversaciones y descripciones del paisaje y del paisanaje  que Blanco Belmonte desgrana con la exhaustividad de un registrador de la propiedad, me sobrecoge la historia de Juan Bravo, el cazador de lobos de Las Mestas. 

Los Bravo se ganaban muy precariamente la vida capturando lobeznos: las crías, separadas de la madre, mueren al séptimo o al octavo día, y ese corto plazo había que aprovecharlo para recorrer los principales Concejos y solicitar una limosna como premio por la destrucción de las fieras, explica el cronista. 

Una noche, un Juanito de diez años quedó atrapado en un cubil. Había logrado sacar a cinco lobeznos antes de toparse con unas patas gruesas… ¡la loba estaba adentro, dormida! 

No tengas miedo, le dijo el padre. Voy a casa a por una piqueta (la casa distaba tres leguas), la loba continuará durmiendo y si viene el lobo lo conocerás porque se acercará a olfatearte y ya sabes que tiene muy frío el hocico. 

El niño, al sentir algo en las piernas, se retorció y salió, lastimándose severamente.

Qué tiempos tan terribles, tan sobrecogedores. 

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