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El martín pescador

Iba con prisas, sin mascarilla y me topé con una mujer que retrocedió de un salto. Nos apartamos las dos, ahogando una exclamación. Durante la milésima de segundo en la que nos miramos a los ojos, creí reconocer en los suyos el mismo miedo que ella leería en los míos. 

Esta imagen me ha perseguido durante semanas. Nos observamos con prevención, nos apartamos. El bicho nos ha robado el placer del encuentro casual , las conversaciones hechas de sonrisas y palabras. 

El uno de enero amaneció envuelto en papel de regalo, con un cielo azul que brillaba como los adornos de un árbol de Navidad. En el paseo junto al río nos encontramos a una pareja que miraba detenidamente las orillas, los árboles, los juncos. Eran observadores de aves. 

Mi acompañante y yo, borrachos de luz y sol, continuamos caminando por el sendero; escuchando el rumor del agua y los ladridos gozosos de un perro. Cuando regresamos, volvimos a encontrarlos. Eran un hombre grande y una mujer pequeña y estaban entusiasmados, observando con cuidado y detalle un martín pescador. 

¿Queréis verlo? Está ahí, ahí mismo



Fuimos torpes al ponernos las mascarillas y, cuando llegamos a la cámara, el pájaro había emprendido el vuelo. 

Oh, cuánto lo siento, se disculpaban uno y otra. Era precioso. Mirad. Y nos mostraron las fotos. 

Me hubiese gustado ver al ave, su pecho azul, su porte erguido, la vivacidad de sus ojitos brillantes. Pero, si lo pienso detenidamente, no tuvo mayor importancia. Lo maravilloso de aquello fueron las sonrisas que se adivinaban bajo las mascarillas, las palabras amables, y el detalle. 

¿Queréis verlo? 

Habían localizado a un ser maravilloso y querían compartirlo con nosotros. Me pregunto si alguna vez sabrán que me regalaron, además de la primera columna de este año, una pizquita de esperanza. 

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