Desde marzo, participamos, formamos, conversamos, nos reunimos, escuchamos, hasta nos vamos de fiesta, a través de nuestras pantallas. Y, sin embargo, a la menor ocasión, renegamos de ellas.
No me malinterpretéis. Me encantaría pasear con una amiga y ver su sonrisa, no solo adivinarla. O sentarme en mi cafetería favorita y observar el ir y venir de las gentes: verles abrazarse, besarse, tomarse de las manos, acariciarse los rostros y recolocar el pelo del otro cuando los mechones se le alborotan. Cómo me gustaría ver cantar y bailar a un montón de gente. Reír en medio de una multitud. Que los niños corrieran tras la Cabalgata, tratando de capturar pequeños tesoros dulces.
Pero la realidad es la que es.
En las actuales circunstancias, no sé por qué nos empeñamos en pensar que todo volverá a ser como antes. Me temo que no. Habrá cosas que cambiarán para siempre. Y quejarnos de las pantallas, las mismas que nos permiten ir a una fiesta que se celebra en Andalucía, que nos facilitan la conversación con personas que están en Alemania, en Suiza, en Cuba; que nos ofrecen la posibilidad de dar una charla en unas jornadas de Argentina o de Portugal, asistir a inauguraciones de espacios y proyectos bibliotecarios por toda la provincia de Badajoz... no es de recibo. Es casi, casi, postureo.
¿Es que antes del bicho vivíamos sin pantallas? ¿Es que no existían las redes sociales, ni el correo electrónico, ni el teletrabajo, ni los clubes virtuales?
Cuidémonos, para poder ver la sonrisa de nuestros amigos más pronto que tarde. Y sepamos aprovechar lo bueno que tiene el poder aprender, formar, trabajar, participar y festejar, gracias a las pantallas. Sí, gracias a ellas. Porque no son malas, ni buenas. Solo lo que seamos capaces de hacer a través de ellas.
(Bonus track: además del archivo de audio de esta columna, tenéis el audio Leer y Amar, un texto escrito en 2008 y que leí este 12 de diciembre, en la Fiesta de la Lectura 2020 de la Fundación Alonso Quijano. Disculpad el exceso de palabras de esta semana).
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