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Madrid, Madrid, Madrid

Volví a Madrid. Ha hecho calor. Había mucha gente arremolinándose en Callao porque una plataforma de pago estrenaba serie y, sobre el asfalto candente, en torno a adolescentes gritones, habían tendido una alfombra de moqueta azul. He transitado por varias líneas de metro: la 6, la 3, la 2. He subido y bajado larguísimas escaleras mecánicas con un vértigo que no he sabido dominar. En uno de mis trayectos vi a un hombre negro que lucía una chapa militar inspirada en las placas de identificación originales de los soldados de Estados Unidos durante la II Guerra Mundial. Lo acabo de guglear, claro. También llevaba al cuello una bala. Parecía un marine un día de libranza. Pero no. 




Volví a Madrid y no sé si preparada para el estruendo del tráfico y las niñas rubias con andares de jirafa con las que me tropecé en las inmediaciones del Banco de España. Bamboleándose sobre unos tacones, contorsionando sus cuerpos delgados y moviendo sus melenas, se me antojaron seres irreales, de otro planeta. 




Había muchas personas en las terrazas, acaso algunas serían famosas: actores, actrices, productores de televisión. No lo sé. He caminado por las calles de Madrid, a ratos, sola, a ratos, acompañada. Me parecía estar imaginando la ciudad. Estaba allí, pero no estaba. Atisbé multitudes en El Retiro y vi a dos escritoras que son libreras. Pensé en saludarlas. No lo hice. 


No sé si estaba preparada para el regreso. 

Visité una biblioteca de nueva construcción en Usera. Los edificios de pisos se parecían a los edificios de pisos de cualquier ciudad. Anónimos. Acaso ilusorios. Sentí el calor aplastándome, me percibí como una flor seca. 

Sí, he estado en Madrid. No sé si yo estaba lista para la vuelta. No sé si la ciudad quería que yo volviera.  



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