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Bailar con el más feo

 Me quejaba hoy mismo de lo de ahora y de lo de siempre. La especulación, lo infame de las eléctricas, el sinsentido de la guerra, los intereses de unos pocos que ya son riquísimos y aún quieren más. Más. Del bicho, del aislamiento, de la inseguridad, de no saber a ciencia cierta dónde estaré en un par de meses, si tendré trabajo, si no. Esas cosas de las que estarás más que aburrido. Ya me perdonarás.


El caso es que me quejaba sí, y me quejaba mucho y por extenso, y repetía que ya no podía más con la incertidumbre, con el desasosiego, con el no saber con qué noticias nos golpearán los informativos esta noche. Los audios no eran mensajes, no, se habían convertido en verdaderos pódcasts. Más extensos, mucho más, que este que estás escuchando ahora mismo (si es que me escuchas y no me lees. Por cierto, gracias). Pero, al terminar, por fin, de quejarme, de lo más profundo de mi inconsciente surgió la expresión: qué le vamos a hacer. Nos ha tocado bailar con la más fea. Pues bailemos. 


Pues sí. No será la primera vez ni tampoco la última. Yo, (que no soy agraciada), estoy acostumbrada a esto de que me toque bailar con el más feo. Y tengo un sitio al que llamo casa. Más que casa: hogar. Quizás no sepa qué pasará dentro de dos meses, pero puedo imaginar lo que me ocurrirá la semana que viene. Es mucho. Ya es mucho más de lo que otras personas (tantísimas) poseen. 

Sí. Estos años son un asco. Pero ojo, son los que son. Los nuestros. No podemos perderlos. Y si tenemos que bailar con el más feo, con la más fea (las feas tenemos nuestro aquel, no creas), mientras haya pista de baile, bailaremos. 


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